El turista cultural

Publicada el 14 de agosto de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

De entre todos los tipos de turistas, existe uno que padece las vacaciones más atormentadas. Organiza un viaje larguísimo y, cuando llega al destino, en lugar de quedarse quieto se afana en recorrer de un extremo a otro aquella comarca o aun la nación entera si así se tercia. La razón es que la Humanidad no ha construido y destruido sus cosas pensando en el turista del futuro, sino según su propio antojo, y ocurre que una catedral está aquí y una excavación en el extremo opuesto, a trescientos kilómetros, digamos, de modo que el turista del que hablo va de un sitio a otro para vivir la experiencia de hollar recuerdos tan memorables. Ocurre, sin embargo, que igual que nuestros recuerdos están deslavazados, inconexos, medio rotos o hechos añicos, así las abadías, iglesias, castillos o palacios están tan deteriorados que sólo recobran su esplendor en la entusiasta imaginación de este turista, permaneciendo como las ruinas que son para el resto de los mortales. Mas no acaban ahí sus cuitas porque su erudición nunca le alcanza para comprender todo lo que ve (no es sabio: sólo turista), y no le queda más soporte que el anecdotario que le cuenta la guía o a la magra descripción que lee en el folleto para exclamar frases tan admirativas como carentes de contenido, y así construye su jornada entre un «oh!, qué maravilla» y un «increíble lo de aquellos tiempos». Este , en fin, es el llamado turista cultural, adjetivo que recibe para darle empaque a lo que hace, que es, sobre todo, conseguir que su dinero viaje de su bolsillo al de otros como él viaja de su casa a la de terceros. Alguien me demostraba el otro día que con el dinero que los visitantes del Mont Saint Michel pagan por miccionar, a cuarenta céntimos la oportunidad, podrían llegar a la opulencia los habitantes del Sahel en muy poco tiempo. Bueno, que sepan ustedes que acabo de volver de Benidorm.



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