El concierto

Publicada el 17 de julio de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

El cantante siempre resulta más pequeño de lo que esperabas. La explanada reservada al público, también. Por mucho que consigas acercarte, siempre te parecerá que estás demasiado lejos y, por muy pronto que llegues, alguien lo hará mucho después y se pondrá delante de ti. Por muy alto que seas, en fin, éste lo será tres dedos más, y habrás de seguir el concierto a través de las pantallas gigantes. Curioso invento el de las pantallas, que te muestra el concierto como si lo vieses en el plasma de tu casa conectado al equipo de alta fidelidad y te hace añorar tu sillón y tus zapatillas. Los culos que tocas por las veces que te tocan el culo. Huele tanto a porro que te llevas el tuyo a la boca aunque no fumas desde que ibas a COU. De Sanidad nadie supo: el camarero coge cinco vasos de plástico y mete un dedo de labriego en cada uno de ellos antes de ponerlos bajo el serpentín. Los bocadillos se hacen sobre la roña de la temporada anterior que conserva una mesa de amstel, la cerveza. Una cerveza caliente la cobran como si fuesen dos muy frías: nadie supo de Consumo. Vuelves a fijarte en el cantante, que, por muy original que sea, se empeña siempre en que el público está poco contento y debe chillar más, pareciéndose en eso a los monos de los zoológicos. También le pregunta la lección y la concurrencia canta un estribillo o una cancion entera sin que nunca le sea devuelta la parte alícuota de la entrada. A tu alrededor la gente salta que te salta y la arena del suelo se transmuta en una almendra garrapiñada entre tus dientes. Luego llega el paripé de los bises, que es mentira, claro, y cuando te vas oyes que el público habla más del relente que se ha levantado que del concierto memorable.


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