Capillas

Publicada el 15 de mayo de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.


En las cunetas de las carreteras que unen el teatro de Epidauro y el Partenón hay ciento cuarenta y tres capillas que recuerdan a otros tantos muertos en accidente de tráfico. Por lo menos. Es la costumbre en Grecia, y del mismo modo que en los viveros de aquí se venden fuentes de cerámica para los jardines, en los de allá se venden capillitas bizantinas para las cunetas. En España la DGT convierte un hecho tan duradero como la muerte en un accidente en una suerte de lotería, cambiante y azarosa, cuando anuncia en los luminosos de las autopistas los muertos del último fin de semana. Son formas de verlo. La mayoría de las capillas de Grecia son pequeñas y deben de recordar a una persona, un matrimonio, qué sé yo. Pero las hay ostentosas, de muertos importantes, y algunas o están dedicadas a finados ilustres o a la tragedia sobrevenida a un autobús entero. Las hay de hojalata y tan viejas que debieron de ponerse en el sesenta y uno, cuando aquel melómano, abstraído en la Medea que la Callas interpertó en Epidauro, creyó que los olivos eran héroes que le indicaban el camino. Alguna otra se debe a la distracción sublime del viajero que llevaba impresa en su cerebro la belleza de las mujeres de la isla de Carias, tan hermosas que Mnesicles las convirtió en la estatuas de piedra del Erecteión, las cariátides. Pero sospecho que la mayoría de estos camarines está relacionada con esa despreocupación mediterránea que hace que los cascos brillen en los codos de los motoristas, los arcenes sean el carril rápido de cualquier carretera o la doble línea continua sobre el asfalto un trasunto de la cerámica gométrica de hace tres mil años que no significa nada, ni siquiera para los coches de la policía.


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