Alergia

Publicada el 11 de febrero de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.


El otro día vino a saludarme la primera mosca de la temporada. Para mí que ha pasado el invierno en algún escondite de mi casa y que algún sensor biológico de esos antediluvianos que usan los animales le dijo que ya hacía calor suficiente allende los tabiques. No quise que viviese en el error y con la habilidad que me caracteriza la conduje desde el caos de mis estanterías hasta la intemperie del jardín donde, cuando cayera la noche, dejaría de vivir en el error y hasta de vivir simplemente, supongo. Casi de inmediato se me inundaron los ojos de lágrimas y pensé que me había vuelto demasiado sensible. Pero hoy es el día en que sigo llorando y la breve conversación que ayer mismo mantuve con un amigo igualmente lloroso me hace suponer que, a la vez que la puñetera mosca, se desperezó en mí la alergia que no había dado señales de vida en el último medio siglo. Hace tiempo escribí un ensayo sobre esta dolencia a la que acusaba de estúpida porque significa que el organismo se rebela contra la naturaleza de la que forma parte, y también de un poco antigua porque nos remite al inconformismo de los hippies de maricastaña, que se manifestaban contra su ambiente, y a los años buenos del psicoanálisis porque un organismo alérgico es, en el fondo, el que no se soporta a sí mismo, aunque no se lo reconoce. Sin embargo, no encuentro en el ensayo nada sobre su transmisibilidad y deberé rehacerlo en este punto porque hasta aquella charla con mi amigo alérgico yo estaba tan tranquilo. Suya fue la culpa, pues, y dejemos tranquila a la pobre mosca, que correrá ya, diluida, por las venas de algún pajarillo.

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