Clase de Tecnología

Hoy me ha tocado guardia en Tecnología en primero de ESO. En la puerta de la clase dos alumnas me han pedido marchar unos minutos a Dirección. Alegaban tener una cita con la directora. No hace falta tener mis años de experiencia para saber dos cosas. Una, que lo que querían era marcharse toda la hora. Otra, que la clase iría mejor sin ellas que con ellas. Durante un instante he evaluado que las posibilidades de que fueran violadas o atracadas en la calle en los siguientes cincuenta minutos se aproximaban a cero. Era más probable que fuesen ellas las que atracasen un estanco o una panadería, pero las posibilidades reales me parecieron despreciables. Así pues, no corría un gran riesgo si me hacía el tonto. Podía haberlas dejado ir bajo la falsa promesa de volver lo antes posible sin temor a que regresasen ni a que ocurriese algo de lo que yo fuera responsable por indolencia. Pero me pudo el sentido del deber, o bien que nunca me ha gustado pasar por tonto, y las obligué a entrar en clase.


     Antes de que pasasen cinco minutos era evidente que ninguna de las dos alumnas se había leído la Ley de Autoridad. Y, si lo hubiesen hecho, la cosa no habría cambiado. Tuve que emplearme a fondo para no arrepentirme de la decisión que había tomado en la puerta de la clase y evitar un problema entre la indisciplina y el orden público. Además de estas dos chicas, otros alumnos mostraban las mismas ganas de aprender que de recibir una patada en el cielo de la boca y solo unos pocos eran voluntariosos y se interesaban en hacer la tarea.


     Estos tuvieron algo de mala suerte porque seguramente no supe guiarles el trabajo de forma adecuada. Aunque también las sierras de marquetería tuvieron su parte de culpa porque no encontré ninguna cuyas tuercas ajustasen correctamente. La pulpitis que padezco en las yemas de los dedos pulgares se agravó mientras trataba de apretar unas tuercas que habían olvidado el camino de la rosca hace algunos años y la alumna que quiso avanzar en su trabajo se quedó detenida en el mismo sitio donde estaba antes de llegar yo. Seguramente, contaría después que el profesor de guardia era un patán. Y no le faltaría razón.


     Cuando terminó la clase, las alumnas díscolas y algún otro la abandonaron silbando por el pasillo como pastores, entrenadores de fútbol, adiestradores de perros y otros profesionales de distintos ramos. Era su último gesto de rebeldía. Aunque seguramente también de rabia. Varios de ellos no pertencían al grupo y se habían colado en él para lo que no consiguieron: pasarse un buen rato a costa del profesor de guardia.

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