"Si solo he dicho" o aquello de las buenas maneras

Entre las tendencias más acendradas e incomprensibles de los alumnos se encuentra la de ocupar el fondo de la clase. Diríase que temen contagiarse de la sustancia maligna que exhalamos los profesores, sea la que sea. Cualquier estudio estadístico podría constatar, además, que la tendencia es más acusada cuanto menor es el interés de los alumnos por hacer algo útil en el aula. Quizás eso nos llevaría a pensar que lo que exhalamos los profesores es conocimiento y que de lo que los alumnos más reacios se precaven es de eso, del conocimiemto. Pero esa suposición sería muy presuntuosa para con el papel de los profesores y ridiculizaría en exceso el comportamiento de los alumnos, ya que la distancia entre una persona y la fuente del conocimiento no se mide en metros sino en pizcas de actitud.

     El alumno que me ocupa hoy entró a la clase, que era nueva para él, y se dirigió a la parte trasera con la misma prisa que un párvulo correría a una fila donde se estuvieran repartiendo helados de chocolate. Me dicen que el profesor sufrió un repentino ataque de anti-estética. Que le pareció tan feo, tan mezquino, ese gesto de querer protegerse a toda costa de lo que fuere a ocurrir en los próximos minutos, que le ordenó sentarse en la primera fila. «¿Y por qué?», preguntó el alumno, acostumbrado a no hacer otra pregunta en clase que pedir cuentas al profesor sobre sus decisiones. El profesor debió de contestarle que por qué no y el alumno terminó la charla moviéndose a su pesar y soltando un exabrutpo. "Hostia puta" o algo así vino a decir, mientras recorría la escasa distancia que separaba su elección de la que le habían impuesto.

     Me dicen que, poco después, el alumno fue requerido para hacer alguna engorrosa tarea, como abrir el cuaderno de tareas o algo parecido y el alumno contestó con un nuevo exabrupto. "Hostia", fue esta vez la palabra elegida por el académico del habla coloquial.

     El profesor entonces le recomendó abandonar el aula y reflexionar sobre el uso del lenguaje. En opinión del profesor, debería adaptarlo a las circunstancias concretas de cada momento y no usar en un centro educativo las mismas expresiones que son de uso común en tabernas y burdeles, así como jamás, por poner un caso, cursaría a una trabajadora del sexo una petición de rebaja de tarifa sino que le diría con algo más de rudeza que lo que acababa de pedirle era un disparate.

      El alumno obedeció al profesor porque le reconocía la autoridad de decidir dónde habría de pasar los siguientes cinco o cincuenta minutos de clase, pero solo por eso, porque lo cierto es que abandonó la clase rezongando, incapaz de comprender por qué se le separaba de sus compañeros.

     - Si solo he dicho «hostia». No entiendo qué le pasa a este tío -me dicen que rezaba el alumno matriculado, que no el estudiante.

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