El contable

El contable es toda una figura de la novela y el cine negro. Su figura raramente es principal pero raramente pasa desapercibida. Tim Robins, el contable de Cadena perpetua, es una excepción por su papel predominante en la trama pero mantiene el perfil de un tipo oscuro cuya principales virtudes son la contumacia, el orden y el cuidado exquisito por los números. En otras aventuras, el contable es todo eso, ordenado, contumaz y adorador de los números y de los libros de mayor, pero su figura palidece ante la osadía y el desenfreno criminal de los jefes, los mafiosos que organizan la vida y la muerte de la ciudades sin ley. O con su ley, la de los piratas. A veces ocurre que los policías tienen que recurrir al contable para destapar el entramado ilegal de la organización mafiosa. Es a él a quien ponen cerco y a quien colocan en la tesitura de acusar a sus jefes o pasar un puñado de años en la cárcel, ese sitio donde los malos pueden sobrevivir pero de donde él, el contable de gafas de culo de vaso y espíritu débil, no saldría vivo en ninguno de los casos.

    Si la vida fuese una película, los diecinueve meses que ha pasado el contable en la cárcel, debería de ser tiempo suficiente para que que hubiese reflexionado y empezase ahora a tirar de la manta que dejaría con el culo al aire a Al Capone y toda su cuadrilla. Inda y del Pozo han sostenido durante mucho tiempo que Bárcenas, el contable, tiene pruebas para convertir en cenizas al PP. Y que mientras estuviera en la cárcdel no podría acceder a la documentación que lo probaba, pero que como saliese se iban a enterar en Génova.

    O sea, que si El Mundo lleva razón, las cosas pueden pasar como en las películas. Admito que estoy deseando que eso ocurra. No porque me caiga mal la derecha, y tampoco porque tenga un gran sentido de la justicia, que seguro que sí lo tengo, sino porque en las películas, cuando pillan a los malos, los ocultan bajo el ala del sombrero o solo nos ponen un instante su rostro de desolación, y no nos dan tiempo a disfrutar de su derrota.

    Por eso y porque debe de ser la leche de divertido. Vamos, más aún. La auténtica releche: alcanzar de una vez el máximo del esperpento.

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