Los absentistas

El absentista es una especie lo suficientemente bien estudiada como para que yo pueda decir algo relevante. Lo que sí puede apuntarse es que no todos los absentistas lo son de la misma manera. Es decir, no todos se quedan en casa. Algunos sí lo hacen, aprovechando bien la indolencia paterna, bien la imposibilidad, por cuestiones de horario, de sacarlos de la cama. En mi opinión, son mayoría los que salen de casa. De entre estos, algunos se quedan perdidos en parques y lugares de otro tipo de esparcimiento. Otro grupo, en fin, acude al instituto y desde aquí emprende su peregrinaje por callejuelas y soportales donde lidiar las mañanas frías de los inviernos.

     Pero la especie más peculiar es la del absentista de aula pero no de centro. Ese tipo que arrastra su ser cansinamente hasta el instituto, llega tarde, remolonea antes de entrar, lo hace, por fin, pero no termina de llegar al aula sino que se queda en un distribuidor, un pasillo o a las puertas de la cafetería. Ocasionalmente, se le ve salir, pero no termina de marcharse sino que se queda en la puerta, donde arma una timba con otros que llegan de adentro o de afuera.

     Es falso que odien el centro. En realidad, no pueden vivir sin él. Dicen algunos expertos que en vacaciones no cambian su rutina y se citan a las puertas cerradas del instituto, donde continuan con su monotonía de charlas, risotadas, tabaco y otras drogas. Son chicos que se consideran tan parte del centro como los empollones o los estudiosos a medias, solo que de otra manera. Y hasta podría comprobarse la hipótesis de que se consideran más importantes para el centro que los modositos alumnos que entran y salen a su hora. Al fin y al cabo, si no fuera por ellos, el instituto sería una suerte de cementerio llena de nichos silenciosos. Son ellos los que le transmiten la vida la mayor parte del tiempo.

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