El beso

Los pasillos de los estudiantes de cursos superiores son algo más silenciosos que los de los pequeños. Cuando llega la hora de salir al recreo, en lugar de correr aceleradamente a ninguna parte pero siempre a voz en cuello, como hacen los principiantes, los veteranos desenfundan el móvil y se enzarzan en charlas sin cuento ni fin. Algunos conversan entre sí, pero siempre con la mitad de su cerebro porque, como es bien sabido, reservan la otra mitad para la gente que vive oculta en el teléfono

     Ese relativo silencio (incluso aunque se lo propongan, que no es el caso, un centenar de seres humanos no puede moverse sin hacer nada de ruido), ese relativo silencio, digo, es lo que permite que se oiga rara vez -pero que se oiga- un sonido como de sorbitón que diría mi abuela y de sorbición que dice el diccionario; el resultado de la fricción de dos materiales que se rozan absorbiéndose uno al otro; una especie de cucharada lenta y al mismo tiempo fugaz; un leve chasquido más bien blando, orgánico; un beso en los morros, vamos, que quizás debería de haber dicho desde el principio y dejarme de tonterías.

     Es difícil domeñar la curiosidad que se siente por identificar a los responsables de ese ruido peculiar e inconfundible, pero ha de hacerse para evitar ser acusado de mirón, de antigualla reaccionaria o de censor de costumbres falsamente impías. Quiero decir que cuando unos zánganos se buscan para despedirse hasta el corte siguiente y se dan un beso y luego otro y luego, ay-espera-no-te-vayas-todavía, otro más, y lo hacen al lado de uno mismo, sin darse cuenta de que están a punto de arrollarlo en su frenesí, a ese uno no le queda otra que esquivar el golpe, sonreír hacia dentro y un poco hacia afuera, cargarse de paternalismo y alegrarse de que las hormonas sigan produciendo escenas tan tiernas.

     Aunque a veces también le dan ganas de pararse en medio y pronosticarles que no se entusiasmen tanto, que las estadísticas dicen que antes de que acabe el curso de eso no quedará nada, que el amor es como ese árbol de Júpiter, en donde al principio todo son flores y enseguida todas se vuelven vainas. Y que lo dejen a uno caminar en paz, vamos...

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