La ventana

A Gregorio Samsa, una vez convertido en insecto, le gustaba asomarse a la ventana de su habitación. Como a todos los insectos, al parecer, con excepción de las cucarachas, lo que descarta, por cierto, al más repugnante de los insectos como el objeto de la transformación del viajante de comercio. O como a los humanos, también. Lo de asomarse a la ventana, digo. Desde luego, a los alumnos les priva. Algo los empuja a sentarse al fondo de la clase, donde se ve y se oye peor lo que ocurre en la parte habitualmente profesoral, y al lado de las ventanas, donde también suelen ubicarse los radiadores de la calefacción. Puede que el calor sea una de las explicaciones, pero parece más convincente la necesidad de sentirse cerca del aire libre, como si fuesen presidiarios que añoraran la libertad de las calles y del espacio abierto. La ventana como un espacio de ensoñación, diríamos. Pero también cuenta que la ventana permite a los más inquietos jugar con las persianas y a todos los demás mirar quién entra, sale, va o viene en el patio o en la calle. Desde luego, queda descartado como argumento la preferencia de los que eligen sentarse junto a la luz, la luz misma, porque ver mejor el cuaderno o el libro no es una necesidad urgente; antes bien, claramente prescindible.

    Nada de todo esto es difícil de entender. Incluso resulta previsible. Mucho menos lo es la fuerza sobrehumana que ata a los alumnos a esa silla greogriosamsiana, si se me permite la estupidez. Con frecuencia, el calor del radiador, pegado a la mesa del estudiante, es difícilmente soportable y otras veces es el sol el que incide en los ojos de los estudiantes con una contumacia que hace difícil prestar atención a otra cosa que no sea protegerse de la agresión.

    No obstante, todavía está por ocurrir que un alumno acepte cambiar su insufrible posición junto a la ventana por otra en cualquier otro lugar de la clase donde no sude tinta o no tenga que apantallar la cara con una de sus manos para proteger la retina de una lesión irreversible.

    - Pero cámbiese de sitio, ¿no se da cuenta de que lo está pasando mal? -puede sugerir el profesor.

    - Es igual -contestará siempre el estudiante, chorreando sudor o rojo achicharrado el rostro, con la expresión impasible de quien ofrece su padecimiento a mayor gloria de la Gran Causa.

   

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