La lección

Casi siempre da resultado poner a la nación encima de la mesa. Cuando hablo de «dar resultado» me refiero a que muchos estudiantes sienten que tienen algo que decir. No todos, claro, porque los hay que todavía flotan en el líquido amniótico en el que sobrevivieron nueve meses y no consideran necesario hacer cambios, diecitantos años después.


Pero entre los demás, suele nacer con facilidad el debate, aunque el sentimiento de pertenencia es más bien difuso. Bueno, quizás precisamente por eso. No hay unanimidad. En todo grupo, los hay conformes con ser españoles e incluso se identifica un subgrupo que admite la obligación de, llegado el caso, defender el territorio. Claro, que el subgrupo es muy reducido porque una cosa es ser de aquí y otra lejanísima ponerse en riesgo de que lo maten a uno por tal cosa. Otra minoría contempla a la nación desde fuera. Es una construcción que no les interesa mucho. Subrayan el mero accidente de haber nacido en esta o en otra. Los hay -creo que son la mayoría o, al menos, la minoría mayoritaria- que están adscritos al escepticismo un poco apátrida de quienes han sido educados tibiamente en las bondades de la propia nación y en la crítica ácida a sus defectos.


En general, los chicos miran con extrañeza el chauvinismo francés o el nacionalismo exhibicionista de los yanquis. Tienen alguna sospecha de cuál es la fecha de la fiesta nacional y alguna hipótesis vaga de qué representa. Por supuesto, no conocen el territorio, lo que lleva a una paradoja peculiar entre los de corazón patrio, ya que aman un concepto con la misma fuerza que rechazan saber en qué consiste: la Geografía, que la estudien otros. 


La alumna tiene razón cuando dice que la disputa de banderas rojigualda y tricolor, que ha visto en la televisión, tiene que ver con que pasamos una guerra y, como añade alguien, con que los que ganaron prolongaron el recochineo de haber sido los mas fuertes durante casi cuarenta años. Franco sigue teniendo la culpa de muchas de las cosas importantes -malas todas- que pasan en nuestro país. Que el infierno  se lo demande.


En fin. Han salido de nuestras aulas muchas generaciones de españoles moderamente satisfechos de serlo. No como en otros lugares, de donde salen ferozmente orgullosos de ser hijos de su patria. Es posible que, sin que los ministros lo hayan querido, sean generaciones cosmopolitas, casi ácratas, ya que, si lo miramos bien, casi han renunciado al rey, a la patria y a Dios.

Por fin hemos encontrado un motivo para la esperanza. Eso o bien están aferrados al sálvese quien pueda.

Escribir comentario

Comentarios: 0