Socialismo en retirada

El presidente del gobierno fancés ha dicho que habría que cambiarle el nombre a su partido para que dejara de llamarse socialista. La idea no ha sido bien acogida entre los veteranos líderes de la agrupación, pero, lanzada la idea, es cuestión de tiempo que se lleve a cabo. Habremos de verlo.

    En este momento, ni un solo dirigente de los partidos socialistas europeos es partidario de socializar ningún medio de producción (bancos, industrias...), así que no se sabe bien a qué viene utilizar ese apellido. Más que definir las metas a las que aspira la organización, la palabra socialista allí o aquí es solo una reminiscencia, un tributo al pasado, una vaga enseña para guiar el voto de cierta clientela, sin despreciar que también se utilice como señuelo en el que los votantes caen atrapados como los peces en el anzuelo que les engaña. El PSOE sigue utilizando la S y la O de esta manera un poco tramposa más que como horizonte. No es solo la renuncia a la socialización sino la renuncia a la igualación social, por decirlo en palabras gruesas. En los cien días de Pedro Sánchez le he oído prometer que retirará la reforma laboral si gobierna pero no le he oído un discurso de transformación global del país que le hiciese acreedor a la sombra que dejaría la S de socialista en un día neblinoso. Supongo que, a diferencia de Podemos, Sánchez ya se ha imbuido de la responsabilidad de Estado y sabe que el carril por el que podrá moverse, si tiene suerte, será muy estrecho, el que le dejen las instituciones de control económico internacional, las grandes multinacionales y la política general europea, que será de derechas otro largo invierno de cinco años.

    Pero que las circunstancias manden no es óbice para que Valls lleve razón. Si no se quiere o no se puede ser socialista, ¿para qué seguir utilizando el nombre? Conviértase el PSOE en PPE, Partido Progresista Español, o PCME, Partido de la Clase Media Española, y admítase que el obrerismo forma parte de la Historia de las Ideas Pasadas. No pasa nada. A lo mejor fue bonito mientras duró.


Estrambote:

    Hace unos meses, la Generalitat de Cataluña aprobó un decreto semejante a otras normas de países europeos por el cual las empresas eléctricas no podrían cortar el suministro energético durante el invierno a familias empobrecidas que no pueden pagar la factura (que abonaría, por cierto, el gobierno catalán). El gobierno de España, en un ataque de imaginación sobre cómo dar 70.000 votos más al soberanismo, ha impugnado el decreto porque invade sus competencias. El ministro de Energía ha corrido a decir que eso es populismo.

    Y a Felipe González, que gana un pastón aconsejando a uno de los patrones de la electricidad, no se le ha oído desautorizar al portavoz de todos ellos que ha dicho que lo de la pobreza energética es una idiotez . Eso sí, de vez en cuando sigue ilustrándonos a todos sobre lo que es ser de izquierdas.

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