Emergencia nacional

Un buen puñado de voluntarios, gente que esta mañana ha dejado de hacer sus cosas para hacer las de otros, abordan a todos los clientes del supermercado cuando entran y cuando están comprando en la frutería, la carnicería o la charcutería. Te piden que pienses en si, mientras haces tu compras, puedes hacer la de otros, la de chiquillos que esta semana no podrán merendar porque la crisis se ha merendado los recursos de su familia. Para que no parezca el truco del tocomocho te dan una octavilla con las cosas que les vendría bien que comprases (galletas, leche, quesitos... esas cosas que meriendan los chicos) y para que recuerdes qué es lo que piden, no sea que se te ocurra comprar unas lonchas de jamón o unas rodajas de merluza fresca. Lo cierto es que algunos abarrotes del supermercado, como los de las galletas, están casi vacíos a las doce de la mañana y que los carros que los voluntarios disponen a la salida de la línea de cajas se llenan con rapidez. Por un momento, uno tiene la sensación de que estamos en una emergencia nacional. O en una guerra. Que el frente está en Cabrejas o en La Tordiga y que desde la retaguardia distraemos una parte de nuestro presupuesto para mandar provisiones a los soldados.

     Hay algo de emocionante en ese desfile unánime de ciudadanos que, tras aumentar voluntariamente la factura de su compra en este o aquel tanto por ciento, dejan el sobrecosto a beneficio de los chicos que llevan un tiempo con problemas en su merienda. Y es una pena que los ladrones que hoy están de moda, los que estuvieron hace poco y los políticos que los amparan no hayan estado esta mañana viéndolo. A lo mejor se les caía la cara de vergüenza. Aunque, a lo peor, también robaban los carros de Cruz Roja.

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