Dictado

En medio de la barahúnda que se forma por cualquier cosa, el alumno relata a los compañeros que quieren oírle (y para que puedan tiene que hablar muy alto) que muchas tardes se va a ayudarle a su madre en el trabajo.

     La ayuda -digámoslo de una- consiste en limpiar portales.

   El mozarrón mide más de uno ochenta y no pesa menos de noventa kilos pero no se avergüenza de lo que hace. Diríase que al contrario. Por encima del contenido del trabajo está la reponsabilidad de la tarea. Casi parece un obrero del siglo XIX por la conciencia de clase que barniza sus palabras.

     Ayer le dio diez euros a su madre para que echara gasolina al coche. Por alguna razón, por lo menos puntualmente, él disponía de más efectivo que ella. En muchos otros institutos, los alumnos se ufanarían de que su padre les hubiera llenado la cartera para que ellos llenasen el depósito del buga. En esta clase, la puerta de entrada al mundo de los adultos es la inversa: el chico se envanece porque puede darle dinero a la madre.

     El chico explica que el padre lleva no sé cuánto tiempo sin pasar la pensión a su madre y la frase actúa de catalizador en el corrillo: de pronto se abre la competencia por batir el récord del tiempo que las madres logran bandeárselas sin la contribución del padre.

     En alguna especie de mundo feliz estos chicos se convierten en estudiantes gracias a nuestro trabajo y las leyes del gobierno que cumplimos, ven el otro lado de las cosas, se aplican, consiguen superar dos años de estudios no muy relevantes, luego acceden a su primer titulo académico y dos años después al segundo y otros dos años más tarde al tercero y al fin se convierten en grandes profesionales de su oficio, ciudadanos estupendos que departen de fútbol y política en el bar de la esquina.

     En alguna especie de mundo feliz, digo. En el que vivimos no sé lo que pasará.

     Cuando la clase retorna a ser una clase, el profesor piensa que su trabajo sirve sobre todo para que el límite de la subversión que los chicos imaginan sea lo que acaba de oírse, que si tienen que robar para comer, robarán. Piensa el profesor que otra subversión, como la que soñaban los obreros del siglo XIX, ni se la imaginan.

     - Dictado, ordena el maestro.

Escribir comentario

Comentarios: 0