Toros, fiestas y maltratos (I)

O cada vez son más los lugares donde la fiesta del pueblo se celebra corriendo detrás o delante de un toro o bien son los mismos pero cada vez tienen más predicamento entre los medios y el paisanaje. El encierro es a las fiestas lo que el perejil a las salsas. Está en todas. Particularmente, no termino de encontrarle el interés al festejo, pero allá cada uno con su forma de divertirse. Tampoco soy especialmente defensor de los derechos del animal. Tengo para mí que en esto somos como con el tema divino. Primero creamos a Dios y luego nos pasamos la vida preguntándonos si existe. Pues en este tema primero le damos los derechos al animal y luego discutimos si los tiene o no.

     En mi opinión, es solo una cuestión de sensibilidad. Hay hombres y mujeres que se lo pasan pipa torturando a un animal y otros a quienes esas escenas le desagradan. No se trata de matar o no a un bicho, porque todos matamos muchos a lo largo de nuestra vida, sino de cómo hacerlo: si dándole un zapatillazo a la mosca o apresándola y quitándole poco a poco cada una de sus seis patas. No diré que unas personas son superiores a otras, moral o éticamente, porque ese es un terreno altamente resbaladizo. Me conformo con relatar cómo, acostumbrado como estoy a ver tanta violencia ficticia, este año no pude sobreponerme a la escena en la que un joven hundia una lanza de acero en el costado de un toro ya muy vapuleado por el puro placer de sentirse dueño de la vida y de la muerte, ni a la entrevista posterior en la que el valiente explicaba, como sino hubiera pasado nada, que «este año ha sido algo más difícil matarlo». O más fácil, no recuerdo lo que dijo.

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