Si hay que ir, se va

Además de para nada, los exámenes de septiembre suelen servir para el encuentro de viejos y viejas amigas. Gente que no se ha visto desde que finalizara el mes de junio o desde las pellas del mes de mayo, que también pasa. Chicos y chicas con casi todo pendiente se citan en la puerta del instituto, entran a clase para que conste que han ido, escriben el nombre y salen corriendo otra vez a la puerta del instituto, donde continúan la charla que había interrumpido la inminencia del examen extraordinario. Si el sistema dice que deben acudir al centro, van, que no se diga, pero que nadie espere que, además, demuestren saber algo, porque ni es el caso ni ha llegado a ocurrírseles.

     Estos primeros días de septiembre, la puerta del centro se llena de gentecilla vivaracha, cigarrillos de liar, anecdotarios del verano, planes para desidias nuevas y el repaso a los profesores, especialmente los de peor fario, según cabe suponer.

     Hablando de ellos, la peor experiencia que puede tenerse es la que proporciona ese tontolaba que no autoriza a los rapaces a abandonar tan pronto el campo de juego, sino que, como si el examen fuese uno del mes de marzo, les obliga a permanecer en la silla, en silencio, durante el tiempo establecido. Los rostros de los chiquillos pasan de la sonrisa algo cínica al desconcierto, de aquí a la incredulidad y de aquí al cabreo absoluto.

    - ¿Cuándo podremos salir? -pregunta alguien.

    - Cuando terminen todos los compañeros.

   - ¡Pero si es que ese de ahí lleva ya casi una hora! -estalla, y en la ira con que se refiere al único compañero que todavía no ha terminado, manifiesta que lo lógico en estos casos es su propia indolencia y no lo que el resto del mundo cree.

Escribir comentario

Comentarios: 0