Otra que ni siquiera pasa

Todas las mañanas, durante todo el curso, una chica me ha estado recibiendo sentada en el poyo que hay junto a la puerta del instituto. Bueno, naturalmente no me recibía a mí, pero tampoco a ninguna de las otras quinientas o seiscientas personas que pasábamos por delante de ella. En realidad, no recibía a nadie porque a su posición sedente se unía una expresión hierática, un rostro como de cera, sin movimiento alguno, una mirada ausente que lanzaba siempre a su izquierda y al infinito y que hacía regresar cada poco al móvil que sostenía entre sus manos y donde parecía transcurrir realmente el mundo. La chica escribía en el teléfono con una dedicación que no dejaba de sorprenderme, no tanto por su eficacia sino porque significaba que a la misma hora en otra parte, seguramente de la misma ciudad, existían uno o varios corresponsales con quien tenía cosas que compartir. Mientras consultaba el teléfono sostenía entre los dedos de una de sus manos el cigarro que formaba la última parte de la trinidad chica-teléfono-cigarro. A veces, daba una calada para esperar una respuesta, pero otras escribía sin retirar el cigarro de su posición o bien lo apartaba ligeramente con una de sus manos mientras consideraba gravemente lo que alguien acababa de decirle. La chica parecía habitar una burbuja. No miraba a nadie, no hablaba con nadie, no se saludaba con nadie. Parecía no ser de este mundo. Por supuesto, tampoco de este instituto. Meses atrás se matriculó en él, pero a nadie le constó que hubiese vuelto a pisar sus pasillos. Nunca la vi, pero siempre di por hecho que, desde la puerta, se marchaba hacia algún lugar que ignoro y que nadie volvía a saber de ella hasta el día siguiente, cuando madrugaba más que nadie para volver a sentarse, fumar y charlar a través del móvil con su expresión hiératica, grave y ausente.

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