Uno que pasa

En los días de calor de la primavera algunas clases se dan con la puerta abierta, verdadero prodigio en una profesión en la que el valor simbólico de la puerta es mayor incluso que su utilidad real. Por el vano, desde lejos, casi se ve salir la voz de la profesora con esa textura de cueva que proporcionan las aulas de cualquier sitio y cualquier tiempo. Cuando llegas cerca de la puerta, ves al chico. Está sentado en una silla del fondo del aula. Bueno, desparramado. Está desparramado en una postura imposible para cualquier persona adulta. Sobre la mesa no hay nada. Ni libro, ni bolígrafo, ni papel. El chico mira hacia el  pasillo con neutralidad, sin rebeldía y sin esperanza de poder alcanzarlo, a pesar de que ningún impedimento físico le impide salir y correr y marcharse. La voz que llena la clase no suena para él. Su rostro dice que hace mucho tiempo que dejó de oírla. Seguramente, ni esa ni ninguna de las otras cinco que tratarán de mostrarle algún camino durante el resto del día. Su camino está en otro sitio, muy lejos de lo que pueda ocurrir en ese espacio. A los catorce años que debe de tener eso ya está escrito. Si permanece sentado en esa actitud, si le hacemos permanecer todavía un par de años más, no es por él sino por nosotros. Necesitamos que los chicos estén mucho tiempo dentro de las escuelas no porque sea la mejor garantía de que sepan más sino por la seguridad de que así serán más dóciles.

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