El advenimiento de la III República o la teoría de los dos secretos

 

   Me gustaría estar tan seguro como parecen estarlo todos los portabanderas de la tricolor. En cada manifestación contra la política del gobierno, aparecen un buen puñado de banderas republicanas. Como si la cosa fuera así de sencilla: instaurada la república, se acabarán los recortes, el paro, las políticas limitadoras de los derechos, la evasión fiscal, la presión de los mercados financieros, el cáncer y la gonorrea. Será poner la república y convertirnos todos en más altos, más ricos y más rubios de un día para otro.

    En los primeros años de la democracia, el peluquero de abuelos ácratas que aquella tarde me cortaba el pelo amenazó con trasquilarme como a un ovejo si insistía yo, no ya en que podían existir republicanos de derechas, sino en que, de hecho, existieron. Hube de ceder, dejar la razón en la repisa del tocador y marcharme con el pelo decentemente arreglado. Comprendo perfectamente la identificación que se ha dado en este país entre la república y el pensamiento de izquierdas, pero no tiene sentido seguir manteniéndola. La cuestión, sin embargo, es por qué nadie de la derecha la demanda, como si en su genoma estuviera mantener la desigualdad jurídica como modelo social, aunque se aplique solo a un reducidísimo número de personas.

    Las energías que se están gastando en pedir una acción de gobierno para cambiar la forma del Estado no servirán para eso, como a nadie se le escapa, pero sí para amalgamar a los ganadores morales de las últimas elecciones y para que los defensores del poder constituido (los derrotados) se enroquen más en sus posiciones. Curiosamente, la abdicación del monarca está mandando a la derecha al partido socialista, ya veremos si no de una manera irreversible. Las palabras de Felipe González adquieren cada vez más sentido. La gran coalición que proponía no era -como creí en su momento- para salvaguardar la unidad del territorio sino para preservar la forma del Estado porque ahora no me cabe duda de que él estaba en los dos secretos: el de la abdicación prevista y en el de los sondeos electorales que nadie quiso hacer públicos para tratar de contener la marea que se avecinaba.

    Escucho en alguna tertulia televisiva que hay que empezar un proceso constituyente porque los hijos quieren una constitución distinta de la de sus padres y porque los tiempos que vivimos recuerdan a la transición. Lo primero me parece una gilipollez que no merece contestación. Lo segundo, la ocurrencia de alguien que no vivió la transición y a la que puede oponerse que lo de hoy se asemeja muy poco a ese entonces y mucho más a aquellos tiempos anteriores en los que los desheredados creían que la solución a sus males estaba en en cambiar el rey por un presidente. ¡Ilusos!

Escribir comentario

Comentarios: 0