El retiro

El otro día asistimos a la última jubilación. Llevo vistas ya muchas y, como me temía que iba a ocurrir, hace algún tiempo que noto un vacío en el estómago que cada año es un poco más profundo. A los que se jubilan les está yendo bien. Me lo cuentan todos. Tienen salud, una pensión razonable y la cabeza llena de proyectos, algo que es tan importante como lo demás. No obstante, ya no forman parte del paisaje humano del centro.

     Los profesores jóvenes asisten a los actos con la cortés indiferencia con que yo mismo asistí a las primeros retiros. Los alumnos se rigen por el principio monárquico de a rey muerto, rey puesto. Ayer se despidió Juan y hoy reciben a Lucía. Lo que le piden es que tenga un trato amable, explique las lecciones de la forma menos aburrida posible y, sobre todo, que los apruebe. Nunca he creído en la vocación ni en la mística del enseñante que deja huella en los estudiantes. A los que se han jubilado les queda, en el mejor de los casos, dos ratos para seguir siendo recuerdo. Después, nada. Lo que nos pasará a los demás.

     Pensaba escribir todo esto hace unos meses, con las jubilaciones penúltimas. Pero me he lanzado a hacerlo hoy, minutos después de leer la columna de Leila Guerrero en El País. Aunque siento una envidia feroz por la bella construcción de su discurso, me complace comprobar que ella y yo, hoy, hablamos de lo mismo.

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