Imitaciones

En el campo de juego hay un jugador que destaca. Siempre pasa. Los demás se conforman con darle una patada al balón o salir de un regate. Para ellos, el juego empieza cuando tocan la bola y termina cuando la sueltan. A partir de entonces corren de acá para allá confiando en que pueda entrar de nuevo en contacto con la pelota, pero sin estar seguros de cuándo y por qué habrá de suceder eso. El otro, el bueno, el que entiende el juego, está concentrado en el partido. Durante los pocos minutos que dura, no existe otra cosa en su mente. No es casualidad que siempre esté donde cae el balón. No es que tenga imán. Es que sabe de qué va esto. En realidad, es el único que juega. Pierde la posesión porque es imposible que no lo haga, pero es capaz de cogerlo en su portería y manejarlo hasta la contraria con enorme rapidez y un variado repertorio de recursos técnicos. De hecho, eso es lo que hace cuando marca el único gol del partido. Después, cuando vuelve al centro del campo, no lo hace festejándolo como si lo hubiera marcado con su equipo, ese en el que, con toda seguridad, juega, porque sabe que este partido es solo una pachanga, pero no puede evitar un rictus de evidente satisfacción. No salta, no gesticula, pero por un momento se deja llevar por el mismo sentimiento de gloria que embarga a los futbolistas profesionales.

      Hay otro momento en el que el joven actúa con la misma inercia de los grandes astros. La jugada ha ocurrido muy cerca de la banda, justo frente a mí. Un rival le ha arrebatado el balón y él se ha sentido humillado. Un acceso de rabia le ha recorrido entero. Y entonces ha echado para atrás la pierna derecha y la ha lanzado sobre el tobillo del contrario. Ha estado a punto de ser una patada alevosa. A un metro escaso de la jugada, yo siempre he estado seguro de que la agresión se quedaría en conato, pero el chaval, a sus catorce o quince años, ha repetido una acción que ha visto hacer a sus ídolos decenas de veces.

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