Sin querer

A los dieciocho años hay muchas aventuras que correr antes que la del conocimiento. Está la aventura del tres en uno (amor, novio, sexo), la de la libertad, la del alcohol, las de las novelas que ponen en la tele, la de los amigos. Está, sobre todo, la apoteosis del fin de semana y la niebla que se instala de lunes a viernes.


La mayoría de mis alumnos de bachillerato admiten sin rubor que acuden al instituto para obtener un certificado que algún día les permita tener un trabajo. Que lo hacen con independencia de lo que tengan que memorizar. Les da igual Geografía que Cocina. En sí mismo, el conocimiento no tiene para ellos validez alguna. Esta es una de las razones, entre bastantes otras, por lo que olvidan todo de inmediato. Porque nunca quisieron aprenderlo.


Hoy he charlado con un puñado de alumnas. Ninguna de ella había pasado por la experiencia de esa sutil felicidad que siente uno cuando aprende algo nuevo. La felicidad (esto no me lo dicen pero lo supongo) se la traen el estreno de unos zapatos, una frase de un chico, un mensaje en el teléfono móvil. Pero no se la trae saber algo nuevo. Ni una de ellas ha experimentado un mínimo placer cuando una información recién escuchada o el análisis de un texto, de una imagen o de vete a saber qué, les ha recompuesto su visión de mundo. No me extraña que se aburran. Si aprenden algo es sin querer, y así no hay quien haga carrera de ellos, que diría mi madre...


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