Humo en el zaguán

Procedimiento saludable de entrada al instituto: deténgase a no menos de veinte metros de la puerta, llene sus pulmones de aire y láncese hacia el interior del centro utilizando esa reserva de oxígeno para mover sus músculos. No se le ocurra inspirar aire de nuevo hasta que no esté dentro. Si lo hace, será bajo su responsabilidad.

    La norma de no fumar dentro de los edificios públicos se cumple casi a rajatabla, pero la de no hacerlo en las inmediaciones ni se considera. Algunos profesores y una turbamulta de alumnos convierten los porches de entrada y las aceras anexas en fumaderos irrespirables. No hay quien pase sin notar en la faringe y en los pulmones el arañazo de ese humo de segunda mano que enturbia el aire como si fuera el del corazón de un enorme incendio.

    Solo faltan los aficionados a las farias y las cachimbas porque, de los demás, están todos. Los usuarios de los cigarrillos más convencionales; los del tabaco de liar, aquel viejo caldo de gallina retomado por los jóvenes que no pueden pagar cuatro euros cada día; y, cada vez más, los de los porros, que consumen los que pueden pagar cantidades mayores, y que parecen ser muchos a juzgar por la manera en que la humareda alucinógena se superpone sobre la simplemente venenosa y su olor se apodera no solo de los zaguanes sino de los despachos del primer piso.

    Aunque consumir hachís no es un delito, tiene delito venir a clase y pasarse la mañana o la tarde levitando, sin hacer, comprender, ver o escuchar nada, con los ojos vidiriosos y la risa estúpida de quien ha dejado su conciencia en el perchero.

    Y también lo tiene que no se le pueda despachar a pasar el resto del día al lugar donde se considere de buen tono comportarse como un idiota.

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