El volcán

 No creo que un centro educativo pueda someterse a una prueba más dura que la que ha vivido el mío durante esta semana, cuando un alumno ha muerto agredido por otro. Solo el hecho de que el suceso no se haya producido dentro del instituto hace más llevadera la tragedia, mientra que el hecho de que sea un centro muy grande facilita que todo se disipe, lo bueno, lo malo y lo peor.

    Me permito subrayar que lo ocurrido demuestra que bajo la superficie de las cosas, que los profesores creemos ingenuamente controlar, existe todo un magma que ignoramos y que mueve lo que hay en la superficie de forma parecida a como el manto viscoso de las entrañas del planeta gobierna la corteza que soporta. En ambos casos, lo que ocurre en la oscuridad explica lo que pasa a la luz del día y sus consecuencias son, a veces, devastadoras.

    Ignoro todo lo sucedido el lunes pasado y no hago caso de ninguno de los rumores que me llegan. Pero cuando la investigación judicial dé el asunto por aclarado, seguramente nos enteraremos de que mientras hablábamos en las clases de Platón, Cervantes o Bakunin, algo llevaba mucho tiempo moviéndose en esas tinieblas del otro lado. Sospecho que ningún profesor podría haberlo supuesto nunca, como ningún sismógrafo puede adelantar la magnitud de un terremoto, pero lo cierto es que, como el magma del que hablo, encontró una fisura para escapar y se convirtió en la erupción de un volcán que nos ha hecho ver la fragilidad de nuestra posición.    

    Admitir esto -que puede desarrollarse con muchos otros ejemplos que no voy a poner para no minimizar el tamaño de la catástrofe de estos días- nos haría comprender mejor lo que hacemos, aunque no necesariamente nos permitiría hacerlo mejor.

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