Su Excelencia

El abogado de confianza de Miguel Roca está obligado a hacer un ejercicio de máximos -Su Excelencia está impoluta- a pesar de que para ello tenga que decir en público alguna que otra sandez, como que el pecado de Su Excelencia es estar enamorada.

    El fiscal, rodeado por el juez y por la realidad misma, no puede llegar a tanto y está haciendo lo posible para que el comportamiento de Su Excelencia sea el de indecente y no el de delincuente. Lo hace, naturalmente, con el soporte del aparato del Estado, lo que es tanto como decir que tendrá éxito. Lo que oiremos en el futuro será que Su Excelencia no fue procesada jamás, luego fue hallada inocente. Ningún libro de Historia recogerá que fue indecente, salvo alguno muy especializado y de escasa circulación.

    En el fondo, son de agradecer los esfuerzos del aparato, que no está protegiendo a una persona sino un poco a todos nosotros. No me gustaría que mis bisnietos pensasen que los de mi generación fuimos unos alfeñiques que tragamos con ser liderados por una aristocracia rancia que cobijaba algún que otro delincuente.

    Admito de grado que la imagen de Su Excelencia pase a la Historia impoluta por el bien de mi propio nombre. Pero no admitiré que se pasee por el presente como si de verdad estuviera libre de culpa. Exijo a Su Excelencia que renuncie a títulos, herencias y prebendas, que dimita de su puesto de trabajo (concedamos que lo hace) y que se convierta en la mujer florero en la que dice creer su abogado porque todos sabemos que, si trabajase de nuevo, lo haría amparada en su pasado de Excelencia.

    Y hemos quedado en que no es excelente, sino indecente. Vamos, que solo es Cris, la mujer de un  todavía presunto delincuente de guante blanco.

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