Es otra cosa

A quien no lo haya hecho todavía, le aconsejo el siguiente experimento. Selecciónese una pieza de información para transmitir a una clase llena de adolescentes bienintencionados. No vale un aula de desmotivados, de malos estudiantes o con una proporción significativa de desfavorecidos. O sea, búsquese una clase fetén, si se tiene a mano.

    Cuídese la exposición que se va a hacer. Sígase cualquier manual de Didáctica: no se hable mucho tiempo, transmítase la información de manera coherente, trúfese con algún elemento humorístico, utilícese la pizarra para esquematizar lo crucial de la información, asegúrese con los correspondientes feed-backs de que la audiencia está siguiendo el hilo del discurso, etcétera, etcétera.

    Terminada la exposición, pídase a los alumnos que escriban en un papel lo que acaban de escuchar. Exija silencio y concentración. Cuando se haya terminado la tarea, pídase que cada compañero coteje su redacción con el de al lado y que cada pareja cree un documento. Ahora pida que se formen nuevas parejas para que se cree un documento acordado por cada cuatro estudiantes. Después, un documento por cada ocho estudiantes y así progresivamente hasta que se tenga un documento que se pueda considerar como el texto redactado por la clase entera.

    El mecanismo es, a la vez, selectivo y aditivo. O sea, los alumnos descartan información errónea y agregan la que ellos no hayan escuchado. De una  manera abstracta podemos asegurar que ese documento final es la transcripción de lo que el conjunto de la clase recuerda de la exposición hecha por el profesor. En un plano más práctico caben pocas dudas de que es el mejor documento que puede obtenerse de esa audiencia. En otras palabras, el examen de cualquier alumno estaría por debajo de ese umbral.

    Es aconsejable que el experimento continúe en casa. El profesor debe leer en la intimidad en qué ha quedado su discurso, tan delicadamente preparado y cuidadosamente expuesto. Probablemente, las ideas que se han olvidado, las que se han tergiversado, las que se han banalizado, las que se han cambiado de lugar y por lo tanto han perdido coherencia... habrán hecho trizas la exposición y, lo que es más importante, el corazón del profesor bienintencionado. Por eso hay que leerlo en casa, donde nadie lo vea evolucionar de la confusión al desánimo y de aquí quién sabe si a la depresión endógena.

    Ignoro por qué este experimento no se incluye en ningún manual de Didáctica, pero debería hacerse. Quizás yo mismo escriba ese manual para convencer a los futuros enseñantes de que se olviden de la principal idea preconcebida que se tiene con respecto a la enseñanza, y es que, de verdad, enseñar no es contar lo que uno sabe, ni siquiera de la mejor manera posible. Enseñar es otra cosa.

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