Para qué andar dándole vueltas

Hace años me hablaba un mecánico de un aprendiz que debía vigilar de cerca. Si le pedía que apretase un tornillo, el chaval no dejaba de girarlo hasta que no tenía fuerzas o hasta que rompía el tornillo. El rapaz no había comprendido qué es exactamente un tornillo y para qué sirve. En el mundo de los oficios, el buen oficial era el que comprendía tan bien de qué iba aquello que algún día componía una obra única. El que había aprendido mecánicamente las rutinas del oficio nunca era un buen artesano. El colmo era el de chavales como el de la cita, que nunca saldrían del peonaje.

    Para evitar aprendizajes desastrosos como el del tornillo segado, las leyes educativas que se han publicado desde hace veinticinco años insisten en que los alumnos no tienen que aprender las cosas de memoria, como se hacía en los tiempos de maricastaña y anteriores, sino dándole significado, entendiendo qué es exactamente un tornillo, una ameba o una revolución.

    No hacen falta leyes para comprender que las cosas tienen que ser así, pero uno llega a pensar que la escuela es el único sitio donde no puede aprenderse de esa manera. El alumno menos estudioso sabe organizar en categorías la alineación de un equipo de fútbol para repetir once nombres seguidos, sin olvidos ni errores, pero jamás hará una operación similar con un contenido académico. Por supuesto, ningún crío se aviene a repetir a otro algo que le ha contado un tercero si no comprende cuál es el mensaje. Eso solo lo hace en la escuela, donde, además, rara vez llega a hacer otra cosa. Ningún chaval aprende el nombre de la calle donde vive su amigo sin saber antes dónde vive realmente, mientras que en la escuela no guarda empacho en memorizar nombres de lugares cuya ubicación no tiene ningún interés en averiguar.

    La mayoría de los estudiantes considera que la escuela es un lugar donde repetir cosas de memoria y copiar en el cuaderno palabras que se escriben en la pizarra o en su día fueron escritas en un libro de texto, se entiendan o no. Cualquier intento de cambiar esa predisposición tiene muchas más posibilidades de fracasar que de triunfar.

    - Pero por qué actuáis así -pregunta el maestro-. ¿Es que los profesores os piden eso, que reproduzcáis palabras que no entendáis?

    - Sí. Muchos sí -contesta alguien.

    - Y de todos modos es más cómodo -dice otro alguien-. Tú te lo aprendes y en paz. ¿Para qué andar dándole vueltas?

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