El rito de septiembre

Los suspensos de junio son los primeros pobladores de los institutos, miembros de una cofradía a la que no se está orgulloso de pertenecer pero que tampoco amarga la existencia de nadie. Llegan, hacen cola en los pasillos, se sientan a una mesa, contestan a lo que pueden que, en general, es más bien poco, y se van dejando otra vez en los corredores un silencio impropio.

    Salvo excepciones, los suspensos de junio son los mismos cada año desde hace cuarenta o cien. Provienen del mismo sitio. Muchos saben también su destino y ni siquiera acuden a probar suerte en septiembre.

    Los que vienen saben más bien poco. Si en diez meses con todas las ayudas posibles no aprendieron mucho, en los dos siguientes, solos y a contraclima, raro será que sepan más. Lo dice el sentido común, que está en la calle y casi nunca en los parlamentos. Ellos, los chicos. también lo dicen. La gran mayoría admite que o bien le echaron algún vistazo a los libros o bien se pusieron con ellos en los últimos quince días. Cuatro ratos para hacer lo que no se hizo de septiembre a junio.

    También dicen muchos que acuden a septiembre como el que acude a las rebajas. Todos conocen casos, por amigos o por su propia experiencia, de suspensos claros que se convirtieron en aprobados, aunque fuesen muy justos.

    Contra todos estos, o contra casi todos, es contra los que se legisla cuando se quitan dinero y medios. Los que redondean buenos expedientes toleran que el Presupuesto se ocupe menos de ellos. Los otros, lo toleran mucho menos.

    Los profesores lo certificamos levantando actas que firmamos.

    Así es como ponemos fin al rito.

Escribir comentario

Comentarios: 0