Escribir

Antes de la del ordenador y antes de la era de la máquina de escribir yo viví en el tiempo de los cuadernos, tiempo que, a su vez, podemos dividir en el de los blocs de anillas con hojas extraíbles y el de los cuadernos propiamente dichos, que podían ser con espiral y simplemente cuadernos grapados, cada uno de estos elementos más antiguo que el anterior.


   Uno después de otro, estos cambios me facilitaron la tarea de escribir. Así,  la máquina eléctrica me liberó del engorro de corregir erratas con el tip-ex o la olivetti manual del cansancio producido por la tarea de apretar con el bolígrafo en el papel. Naturalmente, el ordenador me liberó de todas las sevidumbres juntas.


    Pero la vida da muchas vueltas y algunas son de trescientos sesenta grados. Treinta y tantos años después de gastar mi último cuaderno he vuelto a recuperar las viejas sensaciones. Como cuando era niño, empiezo cada página con la ilusión de mantener el trazo homogéneo, grácil, íntegro, legible, bello. Aprender a escribir es aprender a dibujar y la letra que cada uno se forma es el resultado de una pesquisa artística, el punto de acuerdo de uno mismo con su capacidad para hacer un trazo del que sentirse orgulloso. De este modo, cada primera palabra que escribo en una página nueva es la confirmación de ese acuerdo, un par de segundos de satisfacción conmigo mismo, con lo que he llegado a hacer.


    Sin embargo, como hace treinta y tantos años, el bienestar desaparece pronto y el cansancio de los músculos de la mano estropea poco a poco la caligrafía, de manera que hacia mitad de la página de las letras originales solo quedan los rasgos que un grafólogo utilizaría para decir que pertenecen al mismo autor. Al final, en la firma, mi apellido es apenas un garabato producto de la derrota.


    No son los únicos recuerdos sensoriales. El más antiguo es aquel de la hoja sucia y la hoja limpia. El desabrimiento con el que empezaba a escribir en la página par, esa que estaba ya arrugada por la presión del bolígrafo en el anverso y cuya rugosidad le había hecho perder el límpido color blanco de la hoja siguiente. Esa era una hoja indeseable porque se guardaba también la incomodidad de acercarse al final de la línea, allí donde el pliegue desfiguraba la letra, el lugar en el que la Fisica y la escasa evolución de la industria papelera se aliaban para hacerme sentir mal, incapaz de ejecutar el dibujo literario con la precisión exigible a un alumno aplicado como yo.


    Malos ratos los que había que escribir en la página par y que ahora vuelven, desposeídos de la gravedad de entonces pero envueltos en una nueva gravedad, más liviana porque el engorro ha perdido relevancia, como tantos otros que los años nos han enseñado a tolerar, pero más pesada por el significado que contiene.

   

    En el mismo momento en el que un teléfono minúsculo es herramienta suficiente para comprar un barco en Hong-Kong mientras uno se toma una cerveza, y  en un instituto especializado en la docencia en Informática y donde hay varios centenares de ordenadores, el elemento de renovación más conspicuo es meterse en la máquina del tiempo y adquirir la obligación de escribir las actas al estilo del siglo diecinueve.


    Y en eso estamos. Más de dos docenas de personas con los manguitos puestos escribiendo que el otro día acordamos las fechas de unos exámenes. Para que nadie mienta en la transcripción de decisiones tan cruciales para la humanidad... y para que todos sepamos quién manda.


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