Smartphones

Una nueva generación de personas cabizbajas está creciendo en nuestros institutos. En los pasillos, los vestíbulos y las puertas de aulas y centros, decenas de estudiantes caminan o reposan en quicios y paredes con la cabeza gacha, como si hubieran sido victimas de una epidemia de modestia vírica o como si el pesimismo se hubiera apoderado de su alma de forma irreversible, a pesar de su corta edad.

    Quizás piensen que en Finlandia hubieran sido mejores alumnos o en los políticos que les han echado encima a la crisis  por no echársela a los banqueros, sean ambas cosas lo que quiera que sean, piensan ellos imitando la ironía de Juanjoparalosamigos Millás, sea este hombre quien sea.

    Pero no es eso. La juventud, a pesar de la psicología y sus adeptos los piscólogos, es una etapa feliz y los estudiantes que parecen mirarse continuamente a la punta de los zapatos lo que hacen es consultar el móvil, el smartphone, el teléfono amable más o menos literalmente: admitamos la espontaneidad con que el Inglés crea palabras que sonrojarían al Español.

    Ignoro qué leen, miran o consultan. Descarto una búsqueda en gúgel de los conceptos claves de la clase recién terminada. Descarto un intercambio de sms con su padre, su madre o su hermano mayor. Nada de leer las últimas noticias en la prensa seria. Todas las posibilidades se concentran en un guasapeo con la pareja o con los amigos. Pero... ¿no tienen los amigos en la clase o, lo más lejos, en otro lugar del instituto?

    Parece ser que no. Diríase que todos los estudiantes tienen sus vínculos de verdad, aquellos con quienes necesitan comunicarse a cada rato, fuera del lugar donde estudian. El ansia con que el que esperan el sonido del timbre para lanzarse a consultar el último mensaje de quien quiera que les esté queriendo de verdad muestra, sin lugar a dudas, que el instituto es para los alumnos un lugar sombrío y triste, donde la soledad les acompaña durante las seis horas en las que conviven con otros cientos de solitarios como ellos. Como para ir con ganas cada mañana...

    Menos mal que los teléfonos los rescatan de una condición tan triste y consiguen que a cada poco los jóvenes sean, como he dicho un poco más, arriba, gente esencialmente feliz.

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