Sexo

No todos los adolescentes saben lo que es follar cuando tienen quince años, pero sí muchos y, desde luego, bastantes de ellos cuando terminan el instituto tienen mucha más experiencia de la que teníamos los de mi generación cuando salíamos de la universidad.
    Naturalmente, esto solo es posible porque la actitud de las chicas ha cambiado. Mientras que antes retrasaban el momento de acostarse con un chico hasta que él hubiera cumplido, al menos, la engorrosa formalidad de prometer amor eterno o casi, ahora consideran que por qué hay que perder el tiempo dando rodeos. Si antes accedían a la demanda  persistente de los varones como quien les hacía un favor, ahora son ellas la que insinúan, piden, provocan o exigen, según, que las cosas se produzcan pronto.
    Viene introducción tan larga a que el otro día me crucé por el pasillo con dos estudiantes que por su aspecto debían de ser alumnas de segundo curso de ESO. No daban grititos ni pequeños saltos. Tampoco hablaban entre ellas. Diríase que eran dos amigas que se dirigían al mismo sitio y que cada una iba en sus cosas, como tantas veces ocurre cuando comparten el camino personas que se conocen bien.
    Lo que ocupaba a la una era mordisquear un sandwich, un emparedado de pan de molde. Lo que ocupaba a la otra, imitar una felación con los gestos de la mano, la posición de la boca y el movimiento de la cabeza. Lo hacía sin morbo, sin ganas de molestar, sin exhibicionismo, sin el afán de hacer una broma gruesa. Lo hacía con la misma naturalidad con que su amiga masticaba un bocado.
    No sé si recordaba lo que había hecho la tarde anterior, si imitaba alguna escena que habría visto en una película pornográfica o si -como me inclino a pensar- repetía un gesto tan cotidiano en su vida como el que hace un chico que juega al baloncesto cuando lanza un balón imaginario por el pasillo de su casa.
    Pero lo peor fue que no supe si tenía que llamarle la atención o no.

    ¿Hacía un gesto prohibido?
    Es más: ¿estaba ese gesto prohibido en algún sitio?
    ¿Con qué argumento podría corregir ese gesto?
    ¿A quién podía ofender lo que estaba haciendo?
   Y lo más importante de todo: ¿me escandalizó el comportamiento de aquella niña, completamente pacífico, sinceramente abstraído en lo que veía en su mente? Y si me había escandalizado, ¿dónde quedaba la carga de progresismo que llevo de acá para allá desde que tengo cierta memoria?

    Sobra decir que seguí mi camino y dejé de hacerme preguntas en ese momento.

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