Comportamiento ovejuno

El alumno, como animal que es (racional, naturalmente, no se me malinterprete), necesita hacer suyo un espacio, reconocerse en un lugar determinado de la clase. Le va en ello parte de su estabilidad emocional. Es aquello de sentirse en el aula relativamente bien. No lo digo yo, sino la Sociología, que se opone a la Pedagogía cuando ésta insiste en llevar a los alumnos de acá para allá en busca del aula-materia para conseguir un aprendizaje eficaz.

    Esa debió de ser la razón por la que el alumno al que ordené cambiarse de sitio miraba hacia su lugar de origen con una nostalgia digna de mejor empeño. Se sentaba en el rincón del fondo a la izquierda según me siento yo y le hice que se trasladase al extremo opuesto de la diagonal del aula. Un lugar lleno de luz, con vistas al parque cercano iluminado por un espléndio sol de invierno pero que él hubiese cambiado por el rincón más oscuro de la clase que había ocupado hasta entonces.

    Como en otras clases, la mitad de los alumnos se arracimaba en la tercera parte de la superficie del aula siguiendo un comportamiento ovejuno que debe de tener algo que ver con las investigaciones de la Sociología. Los profesores nos preocupamos porque los chicos tengan grandes espacios pero ellos prefieren las estrecheces.

    Lo que para nosotros es calidad para ellos resulta diáspora, exilio.

   Los alumnos prefieren no sentirse libres. Respirar de cerca el sudor del compañero después de Educación Física. Ser grupo compacto antes que individuo independiente que puede estirar las piernas sin obstáculos. 

    Lo cierto es que se forma una suerte de congestión humana que impide que todos los chicos se levanten a la vez cuando suena el timbre. Hasta que el que hace de tapón no se mueve, los demás solo forcejean con el mobiliario con una desesperación no exenta de cierto patetismo. Su afán de ser uno se convierte en su jaula tres veces al día y, no obstante, no ceden.

   Inútil es tratar de que la distribución del espacio sea diferente. La separación que ordené empezó a no respetarse ese mismo día porque en cada nueva clase cada individuo gana unos centímetros de aproximación al que tiene al lado y al poco tiempo el rebaño es otra vez sólido, pétreo, indeformable.

    Otrosí no se entiende hasta qué punto están los alumnos dispuestos a sacrificarse con tal de no perder sus raíces en la clase. Si el alumno recibe el sol en los ojos porque la persiana está levantada, la reacción inmediata es bajarla y dejar el aula a oscuras.

    Si el profesor impone su criterio y ordena que se mantenga la persiana en su sitio para que la luz natural haga más cálido el ambiente, el alumno protesta y entonces el profesor le autoriza a cambiarse de sitio. Donde sea. Al lugar de la clase de quiera.

    Da igual. El alumno no se mueve. Se encoge de hombros, cierra el ojo herido por la luz celeste y se dispone a aguantar la clase con entereza. Antes el cilicio que abjurar de la fe. O del territorio, que en este caso tanto da.

    Cosas de chicos, piensa uno.

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