Métele, mama

En la puerta del instituto se preparaba una tormenta. Igual que en las de rayos y truenos el aire huele a ozono antes de que se desencadenen, también esa mañana el aire tenía una densidad especial.        

    Observé qué ocurría. La hora de la salida estaba próxima, de manera que el hecho de que un coche parase en la acera de enfrente no tenía que llamar la atención. Pero me la llamó. Sexto sentido o el olor del ozono, lo que se quiera.

    Del coche bajó una mujer en la treintena y sobre unos tacones. Morena y con el pelo largo. Quizás discretamente elegante. Me dirigí hacia ella sin saber qué iba a decirle. Llegué a su lado al mismo tiempo que otra mujer: su antónima. Era bajita, vestía con trapos de colores chillones. Lucía un pelo estropajoso de color minio.
    Las dos debían de conocerse porque de inmediato empezaron a hablar entre ellas. Más bien, a discutir. Elevaron muy pronto el volumen de sus voces. Hablaban de cuál de sus hijas se metía habitualmente con la otra y empezaron a lanzarse amenazas si en el futuro la cosa iba a mayores.
    Traté de conducir el diálogo hacia el terreno donde hablan las personas pero ambas mujeres me ignoraban completamente. Era como si yo fuera invisible.
    Entonces llegó la hija de pelodeminio. Anoté que la madre le había transmitido con eficacia sus chirriantes gustos estéticos. Las fuerzas acababan de desnivelarse y estaban en ese momento dos a uno.
    Comprendí que en pocos minutos la discusión tendría un público de varios centenares de estudiantes que estaban a punto de salir del instituto y que era fácil que el incidente hasta ahora verbal desembocase en una pelea a base de tirones de pelo.
    Saqué el móvil y llamé al 091 confiando en que eso las disuadiría de continuar con un espectáculo vergonzoso. Pero las contendientes hicieron como que no me oían llamar o no me oyeron o les importaba un rábano. Por su parte, la centralita de la policía me oyó pero como si no: alguien me explicó que estaban todas las unidades ocupadas y que hasta dentro de media hora no podía mandar a nadie.
    En la puerta se arracimaban ya los primeros alumnos. Si aquellas dos púgiles no me hacían caso, mi autoridad en el centro quedaría en entredicho. Si empezaban a agredirse, tendría que tratar de detener la pelea y seguramente haría el ridículo porque podría llevarme algún guantazo que mi papel de árbitro (a fuer de caballero) me impediría devolver.
    En definitiva, decidí que lo mejor era abandonar el campo de batalla y cuando me daba la vuelta pude escuhar claramente cómo la hija de pelodeminio arengaba a su madre:
    - Métele, máma, métele.
    No sé si finalmente le metió o no.

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