Gente en los pasillos

Cada vez camino más despacio por los pasillos. No voy de una clase hacia otra sino que doy un paseo, como si la ruta mereciese la pena. Seguramente no la merece, igual que su contrario, que es llegar pronto a cualquiera que sea el sitio al que puede conducirte el corredor de un instituto.

    Sin embargo, la lentitud tiene sus recompensas. En estos días me ha dado tiempo a elaborar una teoría, no sé si física o filosófica, según la cual los estudiantes más jóvenes no tienen constancia de que ocupan un volumen en el espacio. Ellos están en un lugar del pasillo pero su cerebro parece no registrarlo, de manera que actúan como si estuviesen en un mundo solo habitado por ellos. Podría decirse que su existencia discurre en una esfera diferente de la de los adultos. En realidad, parece una no-existencia que afecta a cada individuo pero se hace mucho más conspicua cuando están reunidos en grupos.

    Darse cuenta de que las cosas no son así debe de ser una habilidad psicológica que se adquiere más adelante, a la vez que el pensamiento formal o alguna otra gran conquista de la mente. Pero, mientras tanto, no es extraño ver a un profesor varado en mitad de una masa de pequeños chiquillos, y puede darse el caso de que mire con resignación a un compañero que, como él, ha tardado mucho en buscar un camino alternativo a sus espaldas y se ha visto rodeado por una turbamulta de rapaces que lo van a inmovilizar hasta que suene el timbre que anuncia el próximo acontecimiento académico.

    Esta mañana regresaba yo de dar una clase con la impedimenta que exige hoy en día la alfabetización digital de los alumnos y uno de ellos, seguramente de maduración tardía, se ha cruzado en mi camino. He de decir que aunque no sé nada de este chiquillo intuyo su nivel de desarrollo después de aplicar a sus movimientos la teoría que he expuesto al principio de esta entrada.

    El estudiante se ha desgajado de un grupo con el que charlaba y ha ocupado el espacio por el que yo iba a pasar en los próximos segundos.  Es evidente que me ha visto porque no mostraba síntomas de ceguera pero, presa de esa particular percepción de su levedad, no se ha movido.

    Esta ha sido la razón por la que el tubo de cartón rígido del mapa de la Europa napoleónica que me antecedía ha impactado a la altura de la boca de su estómago. El alumno, sorprendido porque el principio de impenetrabilidad de los cuerpos afectara también a los adolescentes, ha dado un respingo y eso ha hecho que mi ordenador impactara, de canto, en su espinilla. La sorpresa, ligeramente dolorosa, lo ha impelido a agacharse en un acto reflejo de autodefensa y entonces ha sido cuando su cabeza ha tropezado con uno de los bordes de la caja del videoproyector que yo portaba en la otra mano.

    El alumno se ha incorporado sin mayores daños aunque se rascaba alternativamente las partes de su cuerpo lesionadas. Sin duda, ha sido un pequeño desastre para él pero también un episodio que espero que le haya servido para aproximarle a ese paso que tiene que dar para adquirir la conciencia de su propio volumen. Un pasito más hacia la madurez.

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