El bucle

Hay momentos en que la vida se empeña en mostrar su parte cíclica con la fuerza de un cíclope. Como cuando llevas a hombros el féretro de tu padrino o cuando ves que tu mujer empieza a parecerse a lo que recuerdas de tu suegra. Si has intentado fabricar tu vida de manera que no cometas los errores que atribuyes a tu padre, este es un momento crítico porque te asaltará la duda de si los genes son más fuertes que tu voluntad y estás haciendo, sin darte cuenta, lo que crees estar evitando.

    Algunos maestros tienen la ocasión de vivir, alguna vez, un doble bucle. Ocurre cuando tienes en clase a un alumno en el que no reparas al principio. Es normal. Uno entre ciento cincuenta. Entre doscientos. Sin embargo, según pasa el tiempo hay algo que te resulta familiar. Es el aspecto físico, el comportamiento, algún gesto, una cierta forma de ser que intuyes. Entonces tienes lo que los psicólogos de la percepción llaman un insight. Una revelación. Un eureka. Acudes al listado y te fijas en el apellido. Bingo. Es el apellido. El que esperabas encontrar cuando te ha golpeado la intuición.. Lo tienes hundido en tu pasado pero de pronto sale a la superficie como una pelota de goma aplastada contra el fondo de la bañera pero que emerge a gran velocidad cuando cede la presión.

    Consultas entonces el cuaderno porque en cada ficha tienes el nombre del padre. Buscas al alumno y confirmas que has acertado. Es él. Solo por asegurarte del todo le preguntas al alumno el segundo apellido del padre y con tu mente lo pronuncias al mismo tiempo que el estudiante.

    El padre fue uno de tus compañeros a la misma edad que tiene ahora el alumno. Estás dándole clase a su hijo, a esa parte del padre que vive en su hijo. Casi estás dándote clase a ti mismo. Ahí tienes el círculo otra vez. Otra vez el féretro de tu padrino. Pero ahora es un doble bucle. No puedes quitarte de la cabeza que eres el maestro de tu compañero. No puedes dejar de pensar que estás a la vez en el pupitre y en la mesa del profesor.

    Te dan ganas de pedirle disculpas al alumno porque de golpe pasas a saber más de él que él mismo. Te dan ganas de explicarle por qué se comporta así. Y de quitarle la responsabilidad. Tú no tienes la culpa, chaval. Es cosa de tu padre, que ya hacía lo mismo. Sin internet pero lo mismo, te lo juro. Podría contarte cien anécdotas para probártelo. Así que me permito pronosticar que esto lo harás bien y aquello mal. Puedo enumerarte los terrenos en los que fracasarás y aquellos en los que tendrás éxito. Podrás cambiar algo, naturalmente. Para eso tienes voluntad propia, aunque la cantidad de voluntad y la intensidad de tu fuerza también son las de tu padre. Así que los cambios no serán muy grandes, viendo lo que veo. Ha pasado una vida y en lo fundamental eres tu padre. Su repetición. Menudo desperdicio, si me permites, y con eso no digo nada bueno ni malo de vosotros. Solo que... en fin, que te crees único pero tienes más de fotocopia que de original.

    Me dan ganas de decirle ese tipo de cosas, pero no le digo nada, claro. Entre otras cosas porque lo que le digo a él me lo estoy diciendo a mí. Y porque no estoy gilipollas. Lo que ocurre es que cada vez que lo miro no dejo de pensarlo una y otra vez.

    A ver si se me pasa...

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