Hormigas

Una mosa del tamaño de una aceituna gordal se estrella contra el cristal de la ventana produciendo un ruido como de piedra blanda, un poco asqueroso. Este es el modo en el que la primavera me avisa de su llegada. Salgo al jardín y busco los primeros brotes de las yemas de los árboles por si encuentro de cuál de ellos ha salido esa antigualla del año pasado, porque doy por supuesto que semejante insecto no ha tenido tiempo de medrar hasta conseguir ese tamaño.

     Sé que el siguiente síntoma es la aparición de pequeños montoncitos de algo que parece tierra en las comisuras del rodapié del pasillo. Ocurre cada mañana. Mientras la familia duerme, ellas, que han despertado, nacido o sobrevivido al invierno lanzan su amenaza de pequeña e incontenible destrucción. Algunas se escapan o salen de sus grutas enviadas a modo de emisarios y yo me obligo a aplastarlas con la suela del zapato o con la yema del dedo, si exploran por el lugar prohibido de la mesa o de la encimera.

     Mi triunfo es tan pequeño que ni siquiera me produce un poco de placer. Sé de decenas de civilizaciones que han sido sepultadas, grano a grano de tierra, en espesores de centenares de metros. La victoria final, pues, les pertenece. Pero he pesado los montoncitos que destruyen en una semana y he calculado que la estabilidad de mmi casa está asegurada durante las próximas dos generaciones, que son las que me importan, incluso si no tomo medidas contra ellas. Así que he decidido dejar que el tiempo dirima el combate y, cuando recorro el pasillo para ir a dormir, sonrío pensando que su éxito depende de que ellas no se tomen ningún descanso, trabajando como esclavas para nada, para enseñorearse de mi casa cuando ya no pertenezca ni a mí ni a los míos.

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